Historia bíblica · 7 min
Jacob y Esaú: La valiosa primogenitura
Hace mucho tiempo, Isaac y Rebeca amaban a Dios y se cuidaban el uno al otro. Durante muchos años desearon tener hijos, así que oraron juntos por un hijo y confiaron en que Dios los escuchaba.

Dios respondió su oración. Rebeca supo que iba a tener no uno, ¡sino dos bebés varones! Los bebés se movían con tanta fuerza dentro de ella que le preguntó a Dios qué significaba aquello.
Dios le dijo a Rebeca que los dos niños llegarían a formar dos grandes familias. Algún día, el hijo mayor serviría al menor. Rebeca guardó aquellas sorprendentes palabras en su corazón.

Cuando nacieron los gemelos, el primer bebé era rojizo y estaba cubierto de vello suave. Lo llamaron Esaú. El segundo bebé nació sujetando el talón de su hermano. Lo llamaron Jacob.
Aunque eran gemelos, los niños crecieron siendo muy diferentes. Esaú amaba el campo abierto. Le gustaba correr por las colinas, seguir las huellas de los animales y sentir el viento en el rostro.
Jacob prefería quedarse cerca de las tiendas de la familia. Escuchaba con atención, ayudaba con los animales y aprendía a preparar la comida. A Isaac le gustaba escuchar las historias de Esaú sobre el campo, mientras que Rebeca comprendía la forma tranquila de ser de Jacob. Ambos hijos eran profundamente amados.

Como Esaú había nacido primero, tenía algo llamado primogenitura. Era una responsabilidad y una bendición especial de la familia. Algún día ayudaría a dirigir y cuidar a la familia, y recibiría una parte importante de lo que pertenecía a su padre.
La primogenitura no era un juguete ni un premio para un solo día. Era un regalo valioso para el futuro.
Una tarde, Jacob estaba cocinando un guiso de lentejas rojas. El guiso burbujeaba suavemente sobre el fuego, y su cálido y delicioso aroma se extendía por el campamento.

En ese momento, Esaú regresó al campamento cansado y hambriento. Caminaba despacio, llevaba los hombros caídos y solo podía pensar en comida. Cuando vio la olla humeante, se acercó rápidamente a su hermano.
“Jacob, por favor, dame un poco de ese guiso rojo. Tengo mucha hambre.”

Jacob pensó en la primogenitura de Esaú. En vez de compartir simplemente la comida, respondió: “Primero, prométeme tu primogenitura.”
Aquel no era un trato amable ni justo. Jacob no debía aprovechar el hambre de su hermano para conseguir algo tan valioso. Y Esaú necesitaba detenerse, pensar y recordar lo importante que era su responsabilidad.
Pero Esaú solo pensaba en el hambre que sentía en aquel momento. No pensó con cuidado en el mañana. “Lo prometo. Puedes quedarte con mi primogenitura.”

Jacob le dio a Esaú pan y un plato de guiso. Esaú comió hasta quedar satisfecho, luego se levantó y se marchó. El hambre pronto desapareció, pero la promesa que había hecho permaneció.
Los dos hermanos habían tomado decisiones poco sabias. Jacob no había tratado justamente a su hermano, y Esaú había actuado como si un regalo duradero no tuviera importancia.
Dios quiere que valoremos los regalos y las responsabilidades que nos da. Cuando sentimos hambre, enojo, cansancio o impaciencia, podemos detenernos y pedir ayuda antes de tomar una decisión importante. También podemos elegir la bondad en lugar de aprovecharnos de alguien que está pasando por un momento difícil.
Dios no abandonó a Jacob ni a Esaú. Continuaría enseñándoles a los dos hermanos por medio de muchas aventuras, porque su historia aún no había terminado.