Historia bíblica · Parte 5 · 7 min
Jacob: Una noche y un nuevo nombre
Jacob ya se había despedido de Labán. Ahora seguía el camino de regreso con su familia y sus animales.
Delante lo esperaba la tierra donde había crecido.
Y también su hermano Esaú.
Habían pasado muchos años desde la última vez que se vieron. Jacob recordaba que había engañado a su hermano y que Esaú se había quedado muy enojado.
¿Cómo sería volver a encontrarse?
Jacob todavía no lo sabía.
En el camino, unos ángeles de Dios salieron a su encuentro. Al verlos, Jacob recordó que no estaba solo.
Dios seguía cuidándolo.
Entonces envió a unos mensajeros para avisarle a Esaú que estaba regresando.
Quería hablarle con respeto y buscar la paz.
Los mensajeros se adelantaron por el camino. Jacob esperó su regreso junto a las tiendas.
Cuando volvieron, le dieron una noticia.
“Esaú viene a encontrarte. Y lo acompañan cuatrocientos hombres.”
¡Cuatrocientos!
Era mucha gente.
Jacob sintió miedo. Pensó en Raquel, en Lea y en todos los niños. Quería que su familia estuviera a salvo.
No sabía si Esaú venía para abrazarlo o si todavía quería hacerle daño.

Por eso dividió a las personas y a los animales en dos grupos. Así, si un grupo estaba en peligro, el otro podría alejarse.
Pero Jacob también hizo algo muy importante.
Habló con Dios.
Recordó que Dios le había dicho que regresara y que estaría con él.
Después miró a su familia y a los rebaños.
Cuando había salido de su casa, llevaba muy poco. Ahora tenía mucho que agradecer.
“Dios mío, has sido muy bueno conmigo. Tengo miedo de mi hermano Esaú. Por favor, cuida a mi familia y ayúdame.”
Jacob no tenía que esconderle a Dios lo que sentía.
Podía contarle su miedo y pedirle ayuda.

Aquella noche, Jacob preparó un regalo para Esaú.
Escogió cabras, ovejas, camellos, vacas y burros de sus rebaños.
Los animales irían en varios grupos, uno detrás de otro, dejando espacio entre ellos.
Jacob llamó a los hombres que los llevarían.
“Lleven estos animales a mi hermano Esaú. Díganle que son un regalo de Jacob y que voy detrás de ustedes.”
Quería que su hermano supiera que buscaba la paz.
Los primeros animales comenzaron a caminar.
Las ovejas balaban mientras las cabras seguían el sendero. Más atrás avanzaban los camellos y los otros animales.

Jacob se quedó en el campamento por un tiempo.
Todavía tenía muchas cosas en qué pensar.
Más tarde, cuando ya era de noche, llevó a su familia hasta un río llamado Jaboc.
El agua corría entre las piedras.
Jacob ayudó a sus esposas, a los niños y a los demás a pasar al otro lado. También hizo cruzar las cosas que llevaban.

Después se quedó solo.
El cielo estaba oscuro.
Su familia estaba al otro lado del río, y Esaú se acercaba por el camino.
Entonces ocurrió algo muy especial.
Un hombre luchó con Jacob durante la noche. Era un ángel, un mensajero de Dios.
Jacob y el ángel forcejeaban: se sujetaban y hacían fuerza, sin soltarse.
Pasaron las horas.
La lucha siguió hasta que comenzó a amanecer.

En un momento, el ángel tocó la cadera de Jacob. Su cadera quedó lastimada, y desde entonces Jacob caminó cojeando.
Pero Jacob siguió sujetándolo.
El ángel le dijo:
“Déjame ir. Ya está amaneciendo.”
Jacob necesitaba la ayuda de Dios. No quería irse sin recibir su bendición.
“No te soltaré hasta que me bendigas.”
El ángel le hizo una pregunta.
“¿Cómo te llamas?”
Esta vez, Jacob dijo la verdad. No fingió ser su hermano, como había hecho delante de su padre muchos años atrás.
“Jacob.”
Entonces recibió un nuevo nombre.
“Tu nombre será Israel. Has luchado con Dios y con los hombres, y has perseverado.”
Perseverar significa seguir adelante, aunque algo sea difícil.
Jacob también quiso saber el nombre de aquel mensajero. Pero el ángel no se lo dijo.
Allí mismo, el ángel lo bendijo.
Aquella había sido una noche diferente de todas las demás.
Jacob llamó a aquel lugar Peniel. Ese nombre significa “rostro de Dios”.
“He visto a Dios cara a cara, y él ha cuidado mi vida.”
El sol comenzó a subir.
La luz iluminó el río y el camino.
Jacob avanzó despacio. Su cadera le dolía y caminaba cojeando, pero llevaba consigo la bendición que había recibido.
También tenía un nuevo nombre: Israel.

Todavía no sabía cómo lo recibiría Esaú.
Pero ya no era la misma persona que había salido de casa tantos años atrás.
Había aprendido que necesitaba la ayuda de Dios.
Al pensar en lo que venía, recordó la promesa que lo había acompañado durante el viaje:
“Yo estaré contigo.”
Jacob se preparó para seguir adelante con su familia.
Pronto vería a su hermano.
El encuentro estaba por comenzar.
Adaptación de Génesis 32 y Oseas 12:4.