Historia bíblica · Parte 4 · 12 min
José y su familia vuelven a encontrarse
José comenzó el importante trabajo que el faraón le había dado. Durante los siete años en que Egipto produjo más alimento del que nadie podía contar, José recorrió la tierra y se preparó para el futuro.
Los graneros se llenaron de trigo. Canasta tras canasta se vació en su interior, hasta que el grano pareció tan abundante como la arena junto al mar.

Después dejó de llover, los campos se secaron y fue difícil encontrar alimento. Los años de hambre habían comenzado.
Personas de muchas tierras llegaron a Egipto porque habían oído que allí había alimento. José abrió los graneros, y el trigo que había guardado alimentó a muchas familias hambrientas.
Muy lejos, en Canaán, Jacob, el padre de José, y toda su familia también se estaban quedando sin alimento.
“Vayan a Egipto y compren alimento para nosotros”, dijo Jacob a sus hijos. “Así nuestra familia podrá vivir”.
Jacob envió a diez de sus hijos, pero dejó en casa a Benjamín, el menor. Benjamín era el único hermano de José que tenía la misma madre, y Jacob temía que algo pudiera sucederle.

Los diez hermanos viajaron por la tierra seca. Los camellos llevaban sus sacos vacíos, las sandalias dejaban huellas en el camino polvoriento y unas campanitas tintineaban mientras se acercaban a Egipto.

Cuando llegaron a Egipto, los llevaron ante el gobernador que vendía trigo al pueblo.
Los hermanos se inclinaron ante el gobernador con el rostro hacia el suelo.
Ellos no lo sabían, pero aquel gobernador era José.
Habían pasado muchos años. José llevaba ropa elegante y hablaba por medio de un intérprete. Sus hermanos no lo reconocieron, pero José reconoció a cada uno de ellos.
José recordó los sueños que había tenido cuando era joven. Mucho tiempo atrás había soñado que sus hermanos se inclinaban ante él. Ahora aquel sueño se estaba cumpliendo.

José quería saber si sus hermanos habían cambiado. Habló con firmeza y les preguntó por su familia.
Ellos le hablaron de su anciano padre y de su hermano menor, Benjamín, que se había quedado en casa.
“Deben traerme a su hermano menor”, dijo José. “Así sabré que dicen la verdad”.
José dejó a Simeón en Egipto mientras los demás hermanos regresaban a casa con trigo.
En el camino, uno de los hermanos abrió su saco.
“¡Me devolvieron mi dinero!”, exclamó. La plata con la que habían pagado el trigo estaba dentro.
Los hermanos se miraron preocupados. No entendían que José había devuelto su dinero en secreto.

Cuando llegaron a Canaán, le contaron todo a Jacob.
“No”, dijo Jacob. “Benjamín no puede ir. Ya perdí a José y Simeón no está. No puedo perder también a Benjamín”.
Pero el hambre continuó, y pronto se terminó el alimento que habían traído de Egipto.
Judá dio un paso al frente. “Yo lo protegeré”, prometió. “Traeré a Benjamín de regreso a casa”.
Finalmente, Jacob aceptó. Vio partir a sus hijos y oró para que Dios tuviera misericordia de ellos.

Los hermanos viajaron de nuevo a Egipto, esta vez acompañados por Benjamín.
Cuando José vio a Benjamín, su corazón se llenó de emoción. Quería llorar, pero se apresuró a entrar en otra habitación hasta poder hablar con calma otra vez.
José invitó a sus hermanos a comer con él. Pusieron ante ellos una comida maravillosa.
Los hermanos fueron sentados desde el mayor hasta el menor.
“¿Cómo puede saber nuestras edades?”, susurraron sorprendidos.
José observó cómo sus hermanos trataban a Benjamín. Años atrás habían sentido celos cuando José recibía una atención especial. Pero ahora comían juntos en paz y no mostraban enojo contra Benjamín.

José preparó una última prueba.
Le dijo a su sirviente: “Llena sus sacos de trigo, devuelve su dinero y coloca mi copa de plata dentro del saco de Benjamín”.

A la mañana siguiente, los hermanos emprendieron el viaje de regreso.
No habían avanzado mucho cuando el sirviente de José los alcanzó.
“¡La copa de plata del gobernador ha desaparecido!”, gritó el sirviente.
Los hermanos estaban seguros de que ninguno la había tomado. Abrieron todos los sacos.
Por fin abrieron el saco de Benjamín. Dentro estaba la copa de plata de José.
Los hermanos quedaron horrorizados. Regresaron a la casa de José y una vez más se inclinaron ante él.

José dijo que Benjamín tendría que quedarse en Egipto.
Entonces Judá dio un paso al frente.
Explicó cuánto amaba su anciano padre a Benjamín y que perderlo rompería el corazón de Jacob.
“Por favor, permítame quedarme aquí en lugar de Benjamín”, suplicó Judá. “Deje que el muchacho regrese con su padre”.
José comprendió que Judá ya no era el hermano celoso que una vez lo había vendido. Judá estaba dispuesto a entregar su propia libertad para salvar a Benjamín.

José ya no pudo contener las lágrimas.
Pidió a todos los sirvientes que salieran de la habitación. Entonces lloró tan fuerte que la gente de afuera pudo oírlo.
“¡Yo soy José!”, dijo a sus hermanos. “¿Vive todavía mi padre?”.
Sus hermanos estaban demasiado asustados y sorprendidos para responder.
José los invitó a acercarse.
“No tengan miedo”, dijo con dulzura. “Ustedes quisieron hacerme daño, pero Dios usó lo sucedido para salvar muchas vidas. Dios me envió aquí antes que ustedes para que nuestra familia pudiera vivir”.
José no eligió la venganza. Eligió el perdón.
José abrazó a Benjamín y los dos hermanos lloraron. Después abrazó al resto de sus hermanos y les habló con cariño.

Cuando el faraón supo que la familia de José había llegado, se alegró.
“Traigan a su padre y a todas sus familias a Egipto”, dijo el faraón. “Lo mejor de la tierra será para ustedes”.
José dio a sus hermanos carros, alimento, ropa y todo lo que necesitaban para el viaje.
Cuando los hermanos llegaron a Canaán, corrieron hasta Jacob.
“¡José está vivo!”, exclamaron. “¡Es gobernador de todo Egipto!”.
Al principio, Jacob no pudo creerles. Pero cuando oyó el mensaje de José y vio los carros que había enviado, la esperanza regresó a su corazón.
“Mi hijo José está vivo”, dijo Jacob entre lágrimas de alegría. “Iré a verlo antes de morir”.
Jacob reunió a toda su familia y comenzaron el viaje hacia Egipto.
Durante el viaje, Dios habló con Jacob en la noche.
“No tengas miedo de ir a Egipto”, le dijo Dios. “Yo estaré contigo”.
Por fin, José supo que su padre estaba cerca.
Preparó su carro y se apresuró a encontrarlo.
José bajó de su carro y corrió hacia él.
José lo abrazó y lloró durante mucho tiempo. Jacob sostuvo al hijo que había creído perdido para siempre.

La familia de José estaba unida otra vez. Los años de tristeza no habían sido olvidados, pero Dios había hecho surgir de ellos esperanza, perdón y una nueva vida.
José había aprendido que el perdón es más fuerte que el enojo, que el amor es más fuerte que los celos y que Dios puede seguir obrando incluso cuando su plan es difícil de comprender.