Historia bíblica · Parte 5 · 5 min
Sansón: Una última oración
Sansón seguía prisionero en Gaza.
Ya no podía ver. Cada día tenía que trabajar moliendo grano.
La piedra del molino giraba lentamente.
Pero su cabello, que había sido cortado, comenzaba a crecer de nuevo.
Su historia todavía no había terminado.
Un día, los jefes de los filisteos organizaron una gran celebración.
Se reunieron en el templo de Dagón, el dios al que ellos adoraban.
Pensaban que Dagón les había entregado a Sansón.
El lugar se llenó de hombres y mujeres. También había miles de personas sobre el techo.
En el salón se escuchaban conversaciones y risas.
Los jefes mandaron traer a Sansón desde la prisión.
Querían que saliera delante de todos para burlarse de él.
Burlarse de alguien que sufre no está bien. Sansón merecía ser tratado con respeto, aunque hubiera cometido errores.
Un muchacho lo llevaba de la mano.
Los dos caminaron despacio por el salón.
El muchacho lo ayudaba a encontrar el camino porque Sansón no podía verlo.

En medio del edificio había dos grandes columnas.
Eran muy importantes: sostenían el techo.
Sansón le pidió al muchacho:
“Por favor, llévame junto a las columnas. Quiero apoyarme en ellas.”
El muchacho lo llevó hasta allí.
Sansón extendió las manos y sintió la piedra.
Puso una mano sobre una columna y la otra mano sobre la segunda.
No podía ver a las personas que lo rodeaban, pero sabía que estaban allí.
Había perdido su libertad. Había perdido la vista. Había tomado decisiones que le habían causado mucho dolor.
Ahora volvió a dirigirse a Dios.
Sansón oró:
“Señor Dios, acuérdate de mí. Por favor, dame fuerza una vez más.”

Sansón quería enfrentarse una última vez a los filisteos que lo habían lastimado.
Era una oración en un momento de mucho sufrimiento.
Su historia no nos enseña que debamos vengarnos cuando alguien nos hace daño. Podemos pedir ayuda, buscar protección y hablar con alguien que nos cuide.
Dios le dio fuerza a Sansón una vez más.
Sansón se apoyó con firmeza en las dos columnas.
Empujó con todas sus fuerzas.
La piedra comenzó a crujir.
Las columnas se movieron, y el edificio perdió su apoyo.

Entonces el techo y el edificio se derrumbaron.
Fue un final muy triste. Sansón murió allí, junto con muchos de los filisteos reunidos en el templo.
La Biblia cuenta que en aquel último enfrentamiento venció a más enemigos que durante el resto de su vida.
Cuando su familia supo lo que había pasado, sus hermanos y los demás familiares fueron a buscarlo.
Lo llevaron de regreso a su tierra.
Lo enterraron entre Zora y Estaol, en el lugar donde estaba sepultado su padre, Manoa.
Su familia se despidió de él con tristeza.
El viento movía las hojas, y se escuchaban pájaros a lo lejos.

Sansón había sido juez de Israel durante veinte años.
Desde antes de nacer, Dios le había dado una misión especial.
Recibió una fuerza extraordinaria, pero no siempre eligió con sabiduría.
Sus decisiones nos recuerdan que nuestros actos pueden ayudarnos o lastimarnos, y también afectar a otras personas.
Ser fuerte no significa poder hacerlo todo solo.
También necesitamos escuchar, cuidar nuestros compromisos y pedir ayuda.
Y cuando nos equivocamos, podemos volver a hablar con Dios con sinceridad.
Aquí termina la historia de Sansón.
Adaptación de Jueces 16:23–31.




