Historia bíblica · Parte 4 de 12 · 5 min
Jacob tiene que marcharse
Jacob acababa de recibir la bendición de Isaac fingiendo ser Esaú. Pero su engaño no podía permanecer escondido.
Poco después, Esaú regresó de las colinas. Preparó la comida y se la llevó a su padre. Cuando Isaac supo quién estaba frente a él, comenzó a temblar. Comprendió que otra persona ya había recibido la bendición.
Esaú comprendió lo sucedido. Su hermano lo había engañado. Con el corazón lleno de tristeza, exclamó: “¡Padre mío! ¿No tienes también una bendición para mí?”

Isaac estaba muy triste. No podía retirar las palabras que ya había pronunciado, pero también bendijo a Esaú y habló sobre el futuro que tendría.
Aun así, Esaú se sintió herido y furioso. Primero había perdido su primogenitura y ahora Jacob había tomado la bendición mediante un engaño. En su enojo, pensó en hacerle daño a Jacob después de que su padre muriera.
Cuando Rebeca escuchó lo que Esaú estaba pensando, sintió mucho miedo. Llamó rápidamente a Jacob.
“Tu hermano está muy enojado. Debes marcharte por un tiempo. Ve a la casa de mi hermano Labán.”

Jacob comprendió que ya no estaba seguro en su hogar. Su engaño había causado dolor a toda la familia.
Rebeca habló con Isaac y le explicó que Jacob debía viajar a la tierra donde vivían sus familiares. Esta vez, Isaac llamó a Jacob sabiendo exactamente quién era.
Jacob se presentó ante su padre sin disfraces y sin fingir ser otra persona. Isaac lo bendijo de nuevo y le pidió que viajara a la casa de Labán, su tío. También le recordó las promesas que Dios había hecho a Abraham.
Entonces Jacob preparó sus pocas pertenencias. Miró por última vez las tiendas donde había crecido, los lugares donde había jugado junto a Esaú y donde había cuidado los animales.
Ahora debía dejar atrás a su madre, a su padre y a su hermano. Comenzó a caminar solo hacia una tierra lejana. No sabía cuánto tiempo estaría fuera ni cuándo podría regresar.

Había recibido la primogenitura y la bendición que tanto deseaba, pero sus decisiones habían herido a otras personas. Ahora estaba descubriendo que el engaño siempre trae consecuencias.
Rebeca también tuvo que vivir con las consecuencias de su plan. Había tratado de apresurar lo que Dios había prometido, en vez de esperar y confiar en Él.
Esaú tendría que aprender qué hacer con su enojo y su tristeza. Jacob tendría que aprender a decir la verdad, tratar justamente a los demás y depender de Dios.
Aunque aquella familia había cometido errores, Dios no los había abandonado.
Mientras Jacob se alejaba de su hogar y las estrellas brillaban sobre el camino, no sabía que Dios lo encontraría durante el viaje. Su aventura apenas comenzaba.
Adaptación basada en Génesis 27:30–46; 28:1–5
Lectura complementaria: Patriarcas y profetas, Elena G. de White, capítulo 16