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Parábola de Jesús · Parte 12 de 20 · 3 min

Dos hombres fueron a orar

Jesús contó esta historia a personas que pensaban que eran mejores que los demás.

Dos hombres fueron al templo para orar. Uno era fariseo, un hombre que conocía las normas religiosas. El otro cobraba impuestos.

El fariseo se puso de pie y comenzó a hablar.

En vez de pedir ayuda, se comparó con otros. Dio gracias porque no era como la gente que hacía cosas malas, ni como aquel cobrador.

Contó las cosas buenas que hacía y lo mucho que cumplía.

Dos hombres oran separados en el patio de un templo antiguo.
Dos hombres fueron al templo para orar.

El otro hombre se quedó más lejos.

Sabía que había hecho mal. No trató de fingir que todo estaba bien. Ni siquiera se atrevía a levantar los ojos hacia el cielo.

El hombre habló con Dios con sinceridad.

«Dios mío… ten compasión de mí. Necesito tu ayuda».

Un hombre inclina la cabeza y ora con humildad.
El hombre humilde pidió la ayuda de Dios.

Jesús explicó que este hombre volvió a su casa aceptado por Dios. Había pedido misericordia con un corazón sincero.

El otro había usado la oración para sentirse superior.

Dios no necesita que le presumamos. Podemos contarle la verdad de lo que nos pasa.

Si rompiste algo y lo escondiste, puedes reconocerlo. Si lastimaste a alguien, puedes pedir perdón y tratar de reparar lo ocurrido.

No necesitas decir: «Soy mejor que mi hermano» o «Yo nunca hago nada malo».

Todos necesitamos ayuda para aprender a amar.

La humildad no significa pensar que no valemos nada. Dios nos ama mucho. Significa reconocer que no lo sabemos todo y que necesitamos su guía.

Podemos hacer el bien sin mirar a los demás con desprecio.

Y podemos orar con palabras sencillas y honestas, sabiendo que Dios escucha a quien se acerca a él.

Jesús nos cuenta una historia, y su amor nos acompaña.

Adaptación de Lucas 18:9–14.

Apoyo: Palabras de vida del gran Maestro, capítulo 13: Un signo de grandeza. Leer la referencia