Historia bíblica · 9 min
El arca de Noé y la promesa del arcoíris
Hace mucho tiempo, el mundo se había convertido en un lugar donde muchas personas habían olvidado ser bondadosas. Pero un hombre llamado Noé amaba a Dios y procuraba hacer lo correcto. Noé cuidaba a su esposa, a sus hijos y a todos los seres vivos que lo rodeaban.
Un día, Dios habló con Noé. Dios le dijo que se acercaba un gran diluvio y le dio una tarea muy importante: debía construir un barco enorme llamado arca. El arca mantendría a salvo a la familia de Noé y a muchos animales.

Noé confió en Dios, aunque nunca había construido algo tan grande. Llamó a su familia: «Vengan todos. Dios nos mantendrá a salvo dentro del arca». Juntos comenzaron a trabajar.
Cortaron madera resistente, cargaron vigas largas, clavaron estacas de madera con martillos y jalaron cuerdas pesadas. Día tras día, el arca se hacía más alta y más ancha. Por fin, quedó como una gran casa de madera junto a las colinas.

Entonces sucedió algo maravilloso. Los animales comenzaron a llegar desde todas las direcciones. Las jirafas altas estiraban el cuello. Los elefantes caminaban con pasos lentos y pesados. Los leones avanzaban en silencio junto a ovejas, conejos, cebras y muchas aves de colores.
Llegaron en parejas y subieron por la rampa de madera. Noé sonrió y los guio a lugares seguros en el interior. Guardó grano, frutas, heno y agua fresca para que todos tuvieran suficiente.

Cuando la familia de Noé y todos los animales estuvieron dentro, la gran puerta del arca se cerró. Noé miró a su familia y les recordó que Dios estaba con ellos.
Las primeras gotas de lluvia golpearon suavemente el techo de madera. Toc… toc… toc. Muy pronto, las gotas suaves se convirtieron en una lluvia constante.

La lluvia cayó con fuerza desde el cielo y los truenos lejanos retumbaron entre las nubes. El agua subió alrededor del arca hasta que el gran barco se levantó suavemente del suelo y comenzó a flotar.
Durante muchos días, el arca crujió y se meció sobre el agua. Afuera, la lluvia continuaba. Adentro, Noé y su familia alimentaban a los animales, barrían el piso y consolaban a cada criatura que sentía miedo.

Noé esperó con paciencia. Sabía que Dios no los había olvidado. Cada mañana observaba el cielo y cada noche la familia descansaba mientras el arca flotaba bajo las nubes.
Por fin, la lluvia se detuvo. Las últimas gotas resbalaron del techo y una brisa suave recorrió el agua tranquila. Poco a poco, el nivel del agua comenzó a bajar.
Después de mucho tiempo, el arca descansó sobre una montaña. Noé envió un cuervo y después una paloma para buscar tierra seca. Las aves volaron sobre el agua mientras Noé observaba desde la ventana.

Una tarde, la paloma regresó con una hoja fresca de olivo en el pico. El corazón de Noé se llenó de esperanza. Poco después, la paloma encontró un lugar donde vivir y ya no necesitó regresar.
Cuando la tierra estuvo seca, Noé abrió el arca. La luz del sol entró por la puerta. Los animales salieron de prisa al aire fresco: caminaban, saltaban, rugían, cantaban y agitaban sus alas con alegría.

Noé dio gracias a Dios por proteger cada vida dentro del arca. Entonces Dios le hizo una promesa a Noé: la tierra nunca volvería a quedar cubierta por un diluvio como aquel.
Dios colocó un arcoíris brillante entre las nubes como señal de esa promesa. Sus colores resplandecieron en rojo, naranja, amarillo, verde, azul y violeta sobre las montañas.
Noé y su familia miraron hacia el arcoíris. Recordaron que, aun durante las largas tormentas y la espera paciente, Dios había permanecido cerca. Y cada vez que la lluvia y la luz del sol se encuentran, el arcoíris todavía puede recordarnos la esperanza, el cuidado y una promesa que no se olvida.
