Historia bíblica · Parte 1 · 6 min
Sansón: Una promesa antes de nacer
Hace mucho tiempo, el pueblo de Israel pasaba por días difíciles. Los filisteos tenían poder sobre ellos, y muchas familias necesitaban ayuda.
Pero Dios no se había olvidado de su pueblo.
En un lugar llamado Zora vivían un hombre llamado Manoa y su esposa. Ellos no tenían hijos.
Un día, la mujer estaba en el campo. Las hojas se movían con el viento, y se escuchaban los pájaros.
De pronto, apareció un visitante.
Era un ángel enviado por Dios.

La mujer lo miró con sorpresa. Aquel encuentro era muy especial.
El ángel le dio una noticia que ella no esperaba:
“Vas a tener un hijo. Desde antes de nacer, estará dedicado a Dios.”
¡Un bebé!
La mujer escuchó con atención.
El ángel le explicó que debía cuidarse y seguir las indicaciones de Dios. No debía beber vino ni comer alimentos que Dios había indicado que no se comieran.
También le habló del niño:
“No le cortes el cabello. Él comenzará a liberar a Israel de los filisteos.”
Su cabello sería una señal de que estaba dedicado a Dios. No sería cabello mágico. Dios sería quien le daría la fuerza para cumplir su misión.
La mujer volvió a casa para contarle a Manoa lo que había pasado.
“¡Vino un mensajero de Dios! Me dijo que tendremos un hijo.”
Manoa escuchó aquella noticia con asombro.
¡Iban a tener un bebé!
Pero también habían recibido una responsabilidad importante: cuidarlo y enseñarle a vivir dedicado a Dios.
Manoa quería aprender cómo hacerlo.
Por eso, oró:
“Dios mío, por favor, envía otra vez a tu mensajero. Enséñanos cómo cuidar al niño que va a nacer.”
No fingió saberlo todo. Pidió ayuda.
Dios escuchó su oración.

Otro día, el ángel volvió a aparecer mientras la mujer estaba en el campo.
Esta vez, ella fue enseguida a buscar a su esposo.
“¡Ven, Manoa! El mensajero ha vuelto.”
Manoa se levantó y caminó con ella hasta donde estaba el visitante.
Quería escuchar por sí mismo.
“Cuando nazca el niño, ¿cómo debemos cuidarlo?”, preguntó.
El ángel recordó las indicaciones que ya había dado a la mujer. Ella debía seguir lo que Dios le había pedido.
Manoa deseaba agradecerle al visitante. Lo invitó a quedarse mientras preparaban comida.
Pero el ángel le respondió:
“Si preparas una ofrenda, ofrécela a Dios.”
Todavía no se habían dado cuenta de quién era aquel visitante.
Manoa también preguntó su nombre. El ángel le dijo que su nombre era maravilloso, más de lo que ellos podían comprender.
Entonces Manoa preparó una ofrenda para Dios sobre una roca.
Él y su esposa se quedaron mirando.
El fuego comenzó a arder.
Las llamas subían hacia el cielo.
Y ocurrió algo extraordinario.
¡El ángel subió en la llama del altar!
Manoa y su esposa se inclinaron hasta el suelo, llenos de asombro.
Ahora comprendían que aquel visitante era un ángel de Dios.

El ángel ya no volvió a aparecer.
Manoa sintió miedo. Aquel encuentro había sido tan grande que no sabía qué pensar.
“Hemos visto a Dios. ¿Qué nos pasará?”, dijo preocupado.
Su esposa le habló con calma.
“Dios nos ha dado una promesa. Nos ha enseñado qué hacer y ha recibido nuestra ofrenda.”
Ella recordó todo lo que Dios les había mostrado. Aquella promesa le daba esperanza.
Pasó el tiempo.
Y, tal como el ángel había anunciado, nació un bebé.
Su mamá lo llamó Sansón.
Ahora podían sostener en sus brazos al hijo que les habían prometido.

Lo cuidaron con ternura. Su cabello crecía, y ellos recordaban que su vida estaba dedicada a Dios.
Sansón también creció.
Dios lo bendecía, y su Espíritu comenzó a actuar en él.
Todavía tenía mucho que aprender y muchas decisiones por tomar.
Pero su historia ya había comenzado con una promesa y con unos padres que habían pedido ayuda a Dios.
Pronto descubriríamos lo que Sansón haría con la fuerza que Dios le daba.
Adaptación de Jueces 13:1–25.
