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Historia bíblica · Parte 3 · 5 min

Sansón: La fuerza y la ayuda de Dios

La fiesta de Sansón había terminado mal.

Los invitados descubrieron la respuesta del acertijo, y Sansón estaba muy enojado.

Se fue a otra ciudad. Allí hubo una pelea en la que murieron treinta hombres.

Sansón tomó sus ropas y las entregó a los que habían respondido el acertijo. Después regresó a la casa de sus padres.

Aquello fue triste. Su historia nos recuerda que la venganza puede causar mucho dolor.

Tiempo después, cuando recogían el trigo, Sansón quiso volver a ver a su esposa.

Llevaba un cabrito como regalo.

Sus sandalias sonaban sobre el camino de tierra.

Pero, al llegar, recibió una noticia que no esperaba.

El padre de la joven pensó que Sansón ya no quería volver. Por eso la había dado como esposa a otro hombre.

Sansón se sintió herido y volvió a enojarse.

Decidió hacer daño a los campos de los filisteos.

Reunió trescientos zorros, los juntó de dos en dos por las colas y puso una antorcha entre cada pareja.

Luego los soltó entre los sembrados.

El fuego quemó el trigo y los árboles de los campos.

No fue una buena manera de resolver su dolor. Los animales y las personas quedaron en peligro.

Los filisteos respondieron con más violencia. Mataron a la esposa de Sansón y a su padre.

Fue una pérdida muy triste.

Sansón volvió a pelear contra ellos. Después se fue a una cueva, en la roca de Etam.

Allí soplaba el viento entre las piedras.

Sansón está sentado y pensativo junto a una cueva entre las rocas.
Sansón se quedó en una cueva de la roca de Etam.

Los filisteos todavía querían atraparlo.

Entraron en la región donde vivían los hombres de Judá.

Aquellos hombres eran del pueblo de Israel y tenían miedo.

Muchos de ellos fueron hasta la cueva para hablar con Sansón.

Le dijeron que venían a atarlo y entregarlo a los filisteos.

Sansón les pidió que prometieran no atacarlo ellos mismos.

Ellos aceptaron.

Entonces lo ataron con dos cuerdas nuevas y lo llevaron fuera de la cueva.

Los pasos levantaban un poco de polvo.

Sansón permanece tranquilo con las manos atadas mientras unos hombres lo acompañan.
Los hombres de Judá ataron a Sansón con dos cuerdas nuevas.

Cuando llegaron a un lugar llamado Lehi, los filisteos salieron a su encuentro.

Sansón estaba rodeado, y sus manos seguían atadas.

Entonces el Espíritu de Dios le dio fuerza otra vez.

¡Las cuerdas de sus brazos se rompieron!

Las ataduras cayeron al suelo. Sansón quedó libre.

Sansón separa las manos y los extremos rotos de las cuerdas caen, iluminados por el sol.
Dios le dio fuerza a Sansón y las cuerdas se rompieron.

Cerca de él había una quijada de burro.

Una quijada es el hueso de la mandíbula, donde están los dientes.

Sansón la tomó y la usó para enfrentarse a los filisteos.

Con ella venció a mil hombres.

Fue una batalla terrible. Dios ayudó a Sansón cuando parecía que no podía escapar.

Después, Sansón dejó caer la quijada.

La batalla había terminado, pero él estaba agotado.

Tenía muchísima sed.

Su fuerza era grande, pero seguía necesitando ayuda.

Entonces llamó a Dios:

“Dios mío, tú me ayudaste. Ahora tengo mucha sed. Por favor, ayúdame otra vez.”

Dios escuchó su oración.

Abrió un lugar hueco entre las rocas, y de allí salió agua.

El agua brotaba y corría suavemente.

Sansón se acercó y bebió.

Poco a poco, recuperó las fuerzas.

Sansón bebe de un pequeño manantial que brota entre las rocas, con alivio en su rostro.
Dios escuchó a Sansón y le dio agua para beber.

Aquel manantial recibió un nombre que recordaba que Sansón había llamado a Dios.

Sansón llegó a ser juez de Israel durante veinte años.

Un juez ayudaba a dirigir y defender al pueblo.

Dios le había dado una fuerza especial. Pero Sansón también necesitaba aprender a usarla con sabiduría.

Y tú, aunque seas pequeño, también puedes pedir ayuda a Dios cuando la necesites.

La historia de Sansón continuaría.

Adaptación de Jueces 14:19–15:20.