Historia bíblica · Parte 11 de 12 · 5 min
Una noche y un nuevo nombre
Jacob se preparaba para encontrarse con Esaú. Había enviado regalos por delante y había pedido a Dios que cuidara de su familia.
Más tarde, cuando ya era de noche, llevó a su familia hasta un río llamado Jaboc.
El agua corría entre las piedras.
Jacob ayudó a sus esposas, a los niños y a los demás a pasar al otro lado. También hizo cruzar las cosas que llevaban.

Después se quedó solo.
El cielo estaba oscuro.
Su familia estaba al otro lado del río, y Esaú se acercaba por el camino.
Entonces ocurrió algo muy especial.
Un hombre luchó con Jacob durante la noche. Era un ángel, un mensajero de Dios.
Jacob y el ángel forcejeaban: se sujetaban y hacían fuerza, sin soltarse.
Pasaron las horas.
La lucha siguió hasta que comenzó a amanecer.

En un momento, el ángel tocó la cadera de Jacob. Su cadera quedó lastimada, y desde entonces Jacob caminó cojeando.
Pero Jacob siguió sujetándolo.
El ángel le dijo:
“Déjame ir. Ya está amaneciendo.”
Jacob necesitaba la ayuda de Dios. No quería irse sin recibir su bendición.
“No te soltaré hasta que me bendigas.”
El ángel le hizo una pregunta.
“¿Cómo te llamas?”
Esta vez, Jacob dijo la verdad. No fingió ser su hermano, como había hecho delante de su padre muchos años atrás.
“Jacob.”

Entonces recibió un nuevo nombre.
“Tu nombre será Israel. Has luchado con Dios y con los hombres, y has perseverado.”
Perseverar significa seguir adelante, aunque algo sea difícil.
Jacob también quiso saber el nombre de aquel mensajero. Pero el ángel no se lo dijo.
Allí mismo, el ángel lo bendijo.
Jacob no recibió la bendición por ser más fuerte. Arrepentido de sus errores, aprendió a depender de Dios y a confiar en su perdón.
Aquella había sido una noche diferente de todas las demás.
Jacob llamó a aquel lugar Peniel. Ese nombre significa “rostro de Dios”.
“He visto a Dios cara a cara, y él ha cuidado mi vida.”
El sol comenzó a subir.
La luz iluminó el río y el camino.
Jacob avanzó despacio. Su cadera le dolía y caminaba cojeando, pero llevaba consigo la bendición que había recibido.
También tenía un nuevo nombre: Israel.

Todavía no sabía cómo lo recibiría Esaú.
Pero ya no era la misma persona que había salido de casa tantos años atrás.
Había aprendido que necesitaba la ayuda de Dios.
Al pensar en lo que venía, recordó la promesa que lo había acompañado durante el viaje:
“Yo estaré contigo.”
Jacob se preparó para seguir adelante con su familia.
Pronto vería a su hermano.
El encuentro estaba por comenzar.
Adaptación basada en Génesis 32:22–32
Lectura complementaria: Patriarcas y profetas, Elena G. de White, capítulo 18