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Historia bíblica · Parte 1 de 12 · 4 min

Dos hermanos muy diferentes

Hace mucho tiempo, Isaac y Rebeca amaban a Dios y se cuidaban el uno al otro. Durante muchos años desearon tener hijos, así que oraron juntos por un hijo y confiaron en que Dios los escuchaba.

Isaac y Rebeca oran juntos bajo un cielo estrellado
Isaac y Rebeca oraron con paciencia bajo las estrellas.

Dios respondió su oración. Rebeca supo que iba a tener no uno, ¡sino dos bebés varones! Los bebés se movían con tanta fuerza dentro de ella que le preguntó a Dios qué significaba aquello.

Dios le dijo a Rebeca que los dos niños llegarían a formar dos grandes familias. Algún día, el hijo mayor serviría al menor. Rebeca guardó aquellas sorprendentes palabras en su corazón.

Isaac y Rebeca sostienen con amor a sus gemelos recién nacidos, incluido Esaú, pelirrojo y con abundante vello suave
Los gemelos nacieron, y cada uno era maravillosamente diferente del otro.

Cuando nacieron los gemelos, el primer bebé era rojizo y estaba cubierto de vello suave. Lo llamaron Esaú. El segundo bebé nació sujetando el talón de su hermano. Lo llamaron Jacob.

Aunque eran gemelos, los niños crecieron siendo muy diferentes. Esaú amaba el campo abierto. Le gustaba correr por las colinas, seguir las huellas de los animales y sentir el viento en el rostro.

Jacob prefería quedarse cerca de las tiendas de la familia. Escuchaba con atención, ayudaba con los animales y aprendía a preparar la comida. A Isaac le gustaba escuchar las historias de Esaú sobre el campo, mientras que Rebeca comprendía la forma tranquila de ser de Jacob. Ambos hijos eran profundamente amados.

Esaú, pelirrojo y con abundante vello, regresa de las colinas mientras Jacob trabaja cerca de las tiendas
Esaú amaba las colinas, mientras Jacob se sentía en casa cerca de las tiendas.

Como Esaú había nacido primero, tenía algo llamado primogenitura. Era una responsabilidad y una bendición especial de la familia. Algún día ayudaría a dirigir y cuidar a la familia, y recibiría una parte importante de lo que pertenecía a su padre.

La primogenitura no era un juguete ni un premio para un solo día. Era un regalo valioso para el futuro.

La primogenitura también incluía una responsabilidad espiritual: ayudar a la familia a conocer a Dios y recordar sus promesas.

Aquella bendición también recordaba a los hermanos las promesas de Dios. Recibirla significaba aprender a confiar en él y a cuidar de otros.

Jacob y Esaú eran diferentes, pero ninguno necesitaba convertirse en el otro para ser amado. Los dos tenían mucho que aprender sobre el valor de los regalos de Dios y sobre cómo tratarse con bondad.

Adaptación basada en Génesis 25:19–28

Lectura complementaria: Patriarcas y profetas, Elena G. de White, capítulo 16