Historia bíblica · Parte 9 de 12 · 5 min
El camino de regreso
Dios había llamado a Jacob a regresar a su tierra. Raquel y Lea habían aceptado acompañarlo con toda la familia.
Jacob comenzó a preparar el viaje.
Había que reunir a los niños.
Guardar las cosas que necesitarían.
Y juntar las ovejas y las cabras.
Los más pequeños viajarían sobre los camellos. Los animales irían caminando.
Sería un viaje largo, y tendrían que avanzar con cuidado.

Pero Jacob tenía miedo de que Labán intentara impedirles salir.
Por eso, mientras su tío estaba lejos cortando la lana de sus ovejas, Jacob se marchó sin despedirse.
La familia cruzó un río y siguió hacia las montañas.
Los camellos avanzaban despacio.
Las ovejas balaban.
Los niños viajaban cerca de sus madres.
Detrás quedaba la casa de Labán.
Delante estaba el camino de regreso.

Tres días después, Labán supo que se habían marchado.
Reunió a varios familiares y salió a buscarlos.
Viajaron durante días, hasta acercarse al lugar donde Jacob había acampado.
Pero, antes de alcanzarlo, Dios habló con Labán en un sueño y le advirtió que tuviera cuidado con la manera de tratar a Jacob.

Cuando llegaron, Labán estaba molesto.
“¿Por qué te fuiste sin avisarme?”, preguntó. “¡Ni siquiera pude despedirme de mis hijas y de mis nietos!”
Jacob le explicó la verdad.
“Tuve miedo. Pensé que no nos dejarías marcharnos.”
Después recordó todo el tiempo que había trabajado para él.
¡Habían pasado veinte años!
Jacob había cuidado sus animales bajo el sol y durante las noches frías. Había cumplido los años de trabajo que prometió por Lea y Raquel, y después había trabajado otros seis años para formar su propio rebaño.
Tenía mucho que decir, y estaba enojado.
Pero aquel encuentro no terminó en una pelea.
Labán propuso hacer un acuerdo.
Jacob levantó una piedra. Los demás reunieron más piedras y formaron un montón.
Aquellas piedras les ayudarían a recordar su promesa: ninguno cruzaría hasta el otro para hacerle daño.
Labán también le pidió a Jacob que tratara bien a sus hijas.
La familia compartió una comida y pasó allí la noche.

Por la mañana, Labán abrazó y besó a sus hijas y a sus nietos. Les deseó el bien y regresó a su casa.

Jacob continuó el viaje.
Ahora podía seguir adelante con su familia.
Pero todavía había alguien en quien pensaba mucho.
Su hermano Esaú.
La última vez que lo había visto, Esaú estaba muy enojado. Jacob lo había engañado y luego había tenido que marcharse.
¿Seguiría enojado después de tantos años?
Jacob aún no lo sabía.
El camino lo llevaba hacia su tierra y hacia el encuentro con su hermano.
Tenía miedo.
Pero también recordaba la promesa de Dios:
“Yo estaré contigo.”
Y, acompañado de su familia, siguió caminando.
Adaptación basada en Génesis 31:17–55
Lectura complementaria: Patriarcas y profetas, Elena G. de White, capítulo 17








