Historia bíblica · Parte 8 de 12 · 5 min
Una familia y un rebaño que crecen
Jacob estaba feliz de haberse casado con Raquel. Pero todavía tenía una promesa que cumplir: trabajar para Labán otros siete años.
Así que siguió cuidando los rebaños.
Cada mañana salía al campo. Buscaba hierba para las ovejas y agua para que bebieran. Cuando un corderito se alejaba, iba a buscarlo.
Había días de mucho calor.
Y noches de mucho frío.
El trabajo era difícil, pero Jacob siguió adelante.

Mientras tanto, su familia fue creciendo. Nacieron niños, y la casa se llenó de nuevas voces.
Lea tuvo varios hijos. Raquel, en cambio, estuvo mucho tiempo sin tener un bebé, y eso la hacía sentir triste.
Dios vio su tristeza.
Con el tiempo, Raquel tuvo un hijo y lo llamó José.
¡Qué alegría sintió al abrazarlo!

Jacob ya tenía una familia grande que cuidar. También empezó a pensar en la tierra donde había crecido.
Quería regresar a casa.
Cuando terminó los años que había prometido trabajar, habló con Labán.
“Déjame volver a mi tierra con mi familia.”
Pero Labán quería que se quedara. Sus rebaños habían crecido mucho mientras Jacob los cuidaba.
“Quédate”, le pidió. “Jacob, ¿qué quieres recibir por tu trabajo?”
Hasta entonces, Jacob había cuidado los animales de su tío. Ahora necesitaba tener su propio rebaño para mantener a su familia.
Por eso hicieron un nuevo acuerdo.
Como pago, Jacob recibiría ciertas ovejas y cabras de colores diferentes: algunas oscuras y otras con manchas.
Labán aceptó.
Jacob siguió trabajando.
Pasaron más años, y nacieron muchos animalitos. El rebaño de Jacob fue creciendo.
Había cabras con pequeñas manchas.
Otras tenían manchas grandes.
Y entre las ovejas corrían nuevos corderitos.
Dios estaba cuidando a Jacob y a su familia.

Pero Labán no siempre fue justo con él. Cambió varias veces lo que había prometido darle por su trabajo.
Eso era difícil para Jacob. Cuando hacía un acuerdo, necesitaba poder confiar en que se cumpliría.
Los hijos de Labán también comenzaron a quejarse.
Decían que Jacob se había quedado con lo que pertenecía a su padre.
Jacob notó que su tío ya no lo trataba como antes.
Entonces Dios le habló.
“Regresa a la tierra de tu familia. Yo estaré contigo.”
¡Había llegado el momento de volver!
Jacob llamó a Raquel y a Lea para hablar con ellas en el campo, cerca del rebaño.
“He trabajado con todas mis fuerzas para su padre”, les explicó. “Pero él ha cambiado muchas veces lo que prometió pagarme. Aun así, Dios me ha cuidado.”
Después les contó lo que Dios le había dicho.
Raquel y Lea estuvieron de acuerdo en marcharse.

“Haz lo que Dios te ha pedido”, le dijeron.
La decisión estaba tomada: la familia volvería a la tierra de Jacob. Los años de trabajo quedaban atrás, y ahora debían cuidar juntos de los niños y de los animales durante el viaje.
Jacob podía agradecer lo recibido sin olvidar quién lo había acompañado. Antes de dar el siguiente paso, había escuchado a Dios y hablado con su familia. Así comenzaban a prepararse para regresar.
Adaptación basada en Génesis 29:31–35; 30; 31:1–16
Lectura complementaria: Patriarcas y profetas, Elena G. de White, capítulo 17





