Un milagro de Jesús · Parte 15 de 20 · 3 min
Una madre que siguió confiando
Jesús llegó a una región cercana a Tiro y Sidón. Allí una madre vino a buscarlo porque su hija sufría mucho.
Era una mujer cananea, de un pueblo que muchos judíos miraban con desprecio. Pero ella había oído de la ayuda de Jesús y tenía esperanza.
La madre pidió a Jesús que ayudara a su hija.
Al principio pareció que no recibía la respuesta que esperaba. Los discípulos querían que se fuera, porque seguía pidiendo ayuda.
Pero ella no dejó de acercarse. Se arrodilló y expresó su necesidad.

Jesús habló con ella usando una comparación sobre el pan de los hijos. La mujer respondió que hasta las migajas que caen de una mesa pueden alimentar.
Confiaba en que la bondad de Jesús podía alcanzar también a su familia.
Entonces Jesús reconoció su gran confianza y le dijo que recibiría la ayuda que pedía.
Su hija quedó sana.
Cuando la madre volvió a casa, encontró a su hija tranquila y libre de aquel sufrimiento.
La madre volvió a encontrar a su hija bien.

Jesús mostró a sus discípulos que el amor de Dios no debe quedar encerrado por las diferencias entre pueblos.
La madre y su hija también eran importantes para él.
Nosotros podemos aprender a recibir a quien habla otro idioma, viene de otro país o tiene costumbres diferentes.
No hace falta parecerse a nosotros para merecer respeto. Podemos escuchar, invitar y compartir sin burlarnos.
Esta historia nos ayuda a mirar más allá de las diferencias y descubrir a la persona que necesita cariño.
Jesús cuida y ayuda, y podemos compartir su bondad.
Relato basado en Mateo 15:21–28; Marcos 7:24–30.
Lectura complementaria: El Deseado de Todas las Gentes, capítulo 43. Abrir el libro
