Jonás · Parte 2 de 2 · 5 min
Jonás y la planta que daba sombra
Las personas de Nínive habían escuchado el mensaje de Jonás. Reconocieron que estaban haciendo daño y pidieron perdón a Dios. Dios vio su arrepentimiento y tuvo misericordia de ellas.
Pero Jonás estaba enojado. Había anunciado que la ciudad sería destruida, y ahora se preocupaba por lo que las personas pensarían de él. Le costaba alegrarse de que Dios las hubiera perdonado.
Jonás habló con Dios:
—Yo sabía que eres bondadoso y que tienes mucha paciencia. ¡Sabía que podías perdonarlos!
Dios escuchó a su profeta y le hizo una pregunta:
—Jonás, ¿está bien que te enojes así?
Jonás salió de la ciudad. Caminó hasta un lugar desde donde podía mirar Nínive y construyó un pequeño refugio con ramas. Allí se sentó a esperar qué sucedería.

Entonces Dios hizo crecer una calabacera, una planta de hojas grandes. Sus hojas se extendieron sobre Jonás y le dieron una sombra agradable.
¡Qué alivio! Jonás se alegró muchísimo por aquella planta. Bajo sus hojas podía descansar y protegerse del sol.

Pero al amanecer del día siguiente, Dios dispuso que un gusano dañara la calabacera. La planta se marchitó y sus hojas perdieron la frescura.

Cuando salió el sol, Dios dispuso también que soplara un viento caliente del este. El calor caía sobre la cabeza de Jonás, y la planta ya no podía protegerlo.
Jonás se sentía agotado. Extrañaba la sombra y volvió a enojarse mucho.

Dios le preguntó:
—¿Tanto te enojas por lo que le pasó a la planta?
Jonás respondió:
—¡Sí! ¡Estoy muy enojado!
Entonces Dios lo ayudó a pensar en algo más grande que su propia incomodidad:
—Te duele perder una planta que tú no sembraste ni hiciste crecer. Apareció en una noche y pronto se secó. Piensa ahora en Nínive: está llena de personas que necesitan mi cuidado. Allí también hay muchos animales. ¿Cómo no voy a tener compasión de ellos?
Aquella pequeña planta había dado sombra a Jonás. Pero dentro de la ciudad había muchísimas vidas que Dios amaba.

La historia termina con la pregunta de Dios. También nosotros podemos detenernos a pensar: ¿nos alegramos cuando alguien reconoce un error y recibe otra oportunidad?
A veces nos cuesta perdonar. Podemos pedirle a Dios que nos ayude a escuchar, a tener paciencia y a desear el bien de los demás.
El amor de Dios es muy grande. Siempre tenemos algo más que aprender de él.
Basado en Jonás 3:10–4:11.
Apoyo: Profetas y reyes, Elena G. de White, capítulo 22. Diálogos adaptados para niños.