Historia bíblica · Parte 8 de 10 · 5 min
Los hermanos buscan alimento
Muy lejos, en Canaán, Jacob, el padre de José, y toda su familia también se estaban quedando sin alimento.
“Vayan a Egipto y compren alimento para nosotros”, dijo Jacob a sus hijos. “Así nuestra familia podrá vivir”.
Jacob envió a diez de sus hijos, pero dejó en casa a Benjamín, el menor. Benjamín era el único hermano de José que tenía la misma madre, y Jacob temía que algo pudiera sucederle.

Los diez hermanos viajaron por la tierra seca. Los camellos llevaban sus sacos vacíos, las sandalias dejaban huellas en el camino polvoriento y unas campanitas tintineaban mientras se acercaban a Egipto.

Cuando llegaron a Egipto, los llevaron ante el gobernador que vendía trigo al pueblo.
Los hermanos se inclinaron ante el gobernador con el rostro hacia el suelo.
Ellos no lo sabían, pero aquel gobernador era José.
Habían pasado muchos años. José llevaba ropa elegante y hablaba por medio de un intérprete. Sus hermanos no lo reconocieron, pero José reconoció a cada uno de ellos.
José recordó los sueños que había tenido cuando era joven. Mucho tiempo atrás había soñado que sus hermanos se inclinaban ante él. Ahora aquel sueño se estaba cumpliendo.

José quería saber si sus hermanos habían cambiado. Habló con firmeza y les preguntó por su familia.
Ellos le hablaron de su anciano padre y de su hermano menor, Benjamín, que se había quedado en casa.
“Deben traerme a su hermano menor”, dijo José. “Así sabré que dicen la verdad”.
José dejó a Simeón en Egipto mientras los demás hermanos regresaban a casa con trigo.
En el camino, uno de los hermanos abrió su saco.
“¡Me devolvieron mi dinero!”, exclamó. La plata con la que habían pagado el trigo estaba dentro.
Los hermanos se miraron preocupados. No entendían que José había devuelto su dinero en secreto.

Cuando llegaron a Canaán, le contaron todo a Jacob.
“No”, dijo Jacob. “Benjamín no puede ir. Ya perdí a José y Simeón no está. No puedo perder también a Benjamín”.
Pero el hambre continuó, y pronto se terminó el alimento que habían traído de Egipto.
Judá dio un paso al frente. “Yo lo protegeré”, prometió. “Traeré a Benjamín de regreso a casa”.
Finalmente, Jacob aceptó. Vio partir a sus hijos y oró para que Dios tuviera misericordia de ellos.

Judá había dado su palabra. Cuidar a Benjamín sería una oportunidad para actuar con el amor que antes le había faltado al tratar a José.
Una promesa de cuidar a alguien se demuestra con lo que hacemos. Mientras los hermanos regresaban a Egipto, todavía no sabían quién era aquel gobernador. Pero ya estaban aprendiendo a pensar en el dolor de su padre y de su hermano.
Adaptación basada en Génesis 42; 43:1–14
Lectura complementaria: Patriarcas y profetas, Elena G. de White, capítulo 21