Historia bíblica · Parte 7 de 10 · 5 min
De prisionero a gobernador
José había explicado los sueños del faraón y propuesto un plan para guardar alimento. El faraón debía decidir a quién confiar aquella tarea.
El faraón miró a sus funcionarios.
La explicación de José era sabia, y su plan era bueno.
“¿Podemos encontrar a alguien como este hombre?”, preguntó el faraón. “Dios le ha mostrado lo que significan estos sueños”.
Entonces el faraón se volvió hacia José.
“Dios te ha ayudado a comprender estas cosas”, dijo el faraón. “No hay nadie tan sabio como tú”.
José había entrado al palacio como prisionero.
Pero ahora el faraón le daba una enorme responsabilidad.
“Tú estarás a cargo de mi palacio y de mi pueblo”, declaró el faraón. “Solo yo, como faraón, tendré mayor autoridad que tú”.
El faraón se quitó su anillo especial y lo puso en el dedo de José.
Le dio a José ropa fina y colocó una cadena de oro alrededor de su cuello.

Después, José recorrió Egipto en el segundo carro del faraón. Unos sirvientes iban delante de él y pedían a la gente que abriera paso.
Todos podían ver que el faraón había puesto a José a cargo de Egipto.
José difícilmente habría imaginado este momento mientras estaba sentado en la oscura prisión.
Sus hermanos lo habían traicionado.
Lo habían llevado muy lejos de su hogar.
Lo habían acusado de algo que no había hecho.
Había sido olvidado en la prisión.
Pero Dios nunca se había olvidado de José.
Dios había estado con él en la casa de su padre, en la casa de Potifar, dentro de la prisión y ahora en el palacio del faraón.
José se había convertido en gobernador de Egipto.
Pronto comenzaría el importante trabajo de preparar la tierra para los años difíciles que vendrían.
Y aunque José todavía no lo sabía, el plan de Dios haría que algún día volviera a encontrarse cara a cara con su familia.

José comenzó el importante trabajo que el faraón le había dado. Durante los siete años en que Egipto produjo más alimento del que nadie podía contar, José recorrió la tierra y se preparó para el futuro.
Los graneros se llenaron de trigo. Canasta tras canasta se vació en su interior, hasta que el grano pareció tan abundante como la arena junto al mar.

Después dejó de llover, los campos se secaron y fue difícil encontrar alimento. Los años de hambre habían comenzado.
Personas de muchas tierras llegaron a Egipto porque habían oído que allí había alimento. José abrió los graneros, y el trigo que había guardado alimentó a muchas familias hambrientas.

Los graneros llenos habían servido para algo mucho más importante que guardar riqueza: ahora ayudaban a que las familias tuvieran qué comer.
Prepararse con cuidado y compartir a tiempo puede aliviar el sufrimiento de otros. José había recibido una gran responsabilidad, y la estaba usando para cuidar vidas. Entre quienes necesitaban alimento también estaba su propia familia, lejos de Egipto.
Adaptación basada en Génesis 41:37–57
Lectura complementaria: Patriarcas y profetas, Elena G. de White, capítulo 20; capítulo 21