Un milagro de Jesús · Parte 3 de 20 · 3 min
Levántate y camina
En Jerusalén había un estanque llamado Betesda. Cerca del agua había personas enfermas que esperaban recibir ayuda.
Entre ellas estaba un hombre que llevaba treinta y ocho años sin poder caminar como deseaba. Su espera había sido muy larga.
Jesús llegó al estanque y vio al hombre sobre su estera.
No lo miró como si fuera una molestia. Conocía su necesidad y se acercó para hablar con él.
Le preguntó si quería estar sano.
El hombre explicó que no tenía a nadie que lo ayudara a llegar al agua. Mientras intentaba acercarse, otro llegaba antes.

Jesús no le pidió que corriera hacia el estanque.
Le indicó que se levantara, tomara su estera y caminara.
El hombre recibió fuerza y pudo ponerse de pie. Después de tantos años, sus piernas lo sostenían.
El hombre tomó su estera y comenzó a caminar.
Qué distinto era ahora llevar aquello que antes había sido su lugar de espera.
Era sábado. Algunas personas discutieron porque llevaba su estera. Pero el hombre sabía que quien lo había sanado le había indicado hacerlo.

Más tarde volvió a encontrarse con Jesús. Su vida había recibido una nueva oportunidad.
Este milagro nos ayuda a recordar que Jesús ve a quienes otros pueden pasar por alto.
Si un compañero necesita más tiempo o ayuda para moverse, podemos hacerle espacio. No tenemos que apresurarlo ni burlarnos.
Podemos preguntar cómo ayudar y escuchar su respuesta. Cada persona merece respeto, compañía y cuidado.
Jesús cuida y ayuda, y podemos compartir su bondad.
Relato basado en Juan 5:1–15.
Lectura complementaria: El Deseado de Todas las Gentes, capítulo 21. Abrir el libro