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Un milagro de Jesús · Parte 17 de 20 · 3 min

El hombre que pudo ver

Jesús vio a un hombre que había nacido ciego. Sus discípulos preguntaron si aquella dificultad se debía a algo malo que él o sus padres hubieran hecho.

Jesús rechazó esa manera de culparlos. La vida del hombre no debía convertirse en una acusación contra su familia.

Después se acercó para ayudar.

Jesús preparó un poco de barro y lo puso sobre los ojos del hombre. Le indicó que fuera a lavarse al estanque de Siloé.

El hombre caminó hasta el estanque para lavarse.

Siguió la indicación de Jesús y se lavó. Entonces pudo ver.

Jesús atiende con cuidado a un hombre junto a un camino.
Jesús se acercó al hombre que había nacido ciego.

El hombre regresó viendo.

Sus vecinos estaban sorprendidos. Algunos preguntaban si era el mismo que conocían. Él les explicó que sí y contó lo que Jesús había hecho.

Después tuvo que responder muchas preguntas. No todos querían aceptar el milagro.

Pero él sabía algo muy claro: antes no podía ver, y ahora veía.

Más tarde Jesús volvió a encontrarlo y se dio a conocer. El hombre creyó en él.

Un hombre se lava el rostro en el estanque de Siloé y mira con alegría.
El hombre se lavó en Siloé y pudo ver.

Esta historia nos recuerda que una discapacidad no hace que alguien sea culpable ni menos amado por Dios.

Podemos respetar a las personas sin intentar explicar sus dificultades con acusaciones.

También podemos preguntar cómo ayudar. Algunas personas usan bastón, leen de otra manera o necesitan que describamos lo que hay cerca.

El amor escucha esas necesidades y hace espacio.

Jesús no se olvidó del hombre después de sanarlo. Volvió a buscarlo y lo acompañó. Podemos cuidar una amistad también después de un momento importante.

Jesús cuida y ayuda, y podemos compartir su bondad.

Relato basado en Juan 9:1–38.

Lectura complementaria: El Deseado de Todas las Gentes, capítulo 51. Abrir el libro