Un milagro de Jesús · Parte 7 de 20 · 3 min
Una mano que volvió a moverse
Era sábado, y Jesús entró en una sinagoga, un lugar donde las personas se reunían para escuchar y adorar a Dios.
Allí estaba un hombre que tenía una mano enferma. No podía usarla con normalidad.
Algunas personas miraban a Jesús buscando una razón para acusarlo. Querían ver si sanaría al hombre en sábado.
Jesús no olvidó al hombre por aquella discusión. Lo invitó a ponerse delante de todos.
El hombre se acercó y quedó frente a Jesús.
Jesús preguntó si en sábado era correcto hacer el bien o el mal, salvar una vida o dejar que sufriera.
También recordó que las personas ayudan a una oveja si cae en un hoyo. ¡Cuánto más importante era cuidar a una persona!

Después le pidió que extendiera la mano.
El hombre extendió su mano, y quedó sana.
Ahora podía moverla como la otra. Jesús había mostrado que hacer el bien también pertenece al día de descanso.
No todos se alegraron. Algunos siguieron pensando en cómo oponerse a él. Pero la ayuda había llegado al hombre.

Esta historia nos invita a recordar para qué sirven nuestras costumbres y normas: deben ayudarnos a amar y hacer lo bueno.
Podemos descansar, disfrutar la compañía de nuestra familia y también ayudar a quien lo necesita.
Si alguien se cae cuando estamos jugando, podemos detener el juego y buscar ayuda. La persona importa más que terminar una actividad.
Jesús no quería que el hombre fuera invisible. Su compasión nos enseña a mirar, acercarnos y cuidar.
Jesús cuida y ayuda, y podemos compartir su bondad.
Relato basado en Mateo 12:9–13; Marcos 3:1–6.
Lectura complementaria: El Deseado de Todas las Gentes, capítulo 29. Abrir el libro
